“AYER, HOY Y MAÑANA” (4ª parte), por JUAN JULIO DE ABAJO
(A MARÍA JOSÉ, que nos regaló una tarta al anunciarnos su boda, y cuya desaparición me dolió en lo más hondo.)
“EL MUSEO DEL PRADO Y SU CEREMONIA”
Todas las mañanas, a primera hora, los trabajadores del Museo del Prado hacen una minuciosa revisión de sus instalaciones, el estado de las obras expuestas en sus salas, se produce un riguroso relevo entre el personal técnico que se ocupa de la seguridad y mantenimiento del edificio, y quienes van a abrir sus puertas a un numeroso público de todas las edades y de todos los países.
La apertura del Museo es una “ceremonia” mantenida con el mismo ritual desde hace ya casi doscientos años. Es el Conserje, quien desde tiempos de Luis de Eusebi, el primero que ocupó este cargo, tiene la custodia de las llaves y es el único autorizado por las normas internas y la costumbre de muchos años para abrir y cerrar las puertas del Museo.
Desde los primeros momentos franquean la entrada y se esparcen por las salas del edificio de Juan de Villanueva grupos de turistas de todas las partes del mundo, colegios, investigadores, y todo un variado universo de gentes para quienes las colecciones del Prado son un auténtico “mito”. Nunca en su historia de pinacoteca recibió una afluencia de visitantes tan numerosa como la que se ha venido produciendo en los últimos años. Este es uno de los fenómenos más llamativos en la “museología” moderna. Las pinturas y esculturas que un día estuvieron cerradas al público y se abrieron por la idea ilustrada de que los “artistas” tenían que tener acceso a las Colecciones de la Corona, recibían tan sólo la visita esporádica de profesores, viajeros “románticos” y copistas.
Hoy, el acceso se ha convertido en algo más natural para el ciudadano medio. Muchos de nosotros fuímos al museo de niños, e incluso algunos han estudiado en él durante su adolescencia. Asistimos, pues, a un proceso de divulgación y conocimiento masivo de sus colecciones, que tiene cotas espectaculares en hechos tan insólitos como las largas colas que se producen en el exterior con frecuencia. Unas veces con motivo de exposiciones, como las que se dedican a Velázquez, y otras en esos días de máxima afluencia que, casi sin saberse el porqué, se repiten dos o tres veces al año.
Detrás de ese Museo repleto de público existe toda una tramoya de organización destinada al estudio, la conservación, la restauración, la seguridad, la atención de quienes demandan otro tipo de servicios y, en resumen, un sin fin de actividades muy poco conocidas, pero que constituyen el contenido de una “profesión” cada vez más compleja.
Todos los museos, en mayor o menor medida, disponen de esta organización que el público profano no ve, pero que da distinción de carácter y personalidad a la institución.
Recuerdo que, en una de mis primeras visitas al Museo del Prado, yo iba con paraguas. Y acompañado. A mi acompañante le iba indicando las peculiaridades más sobresalientes de la sala… Y lo hacía apuntando con el paraguas en dirección a la pintura. Un educado Conserje se nos acercó y me hizo saber que “no se podía apuntar con ningún objeto punzante las pinturas, por el riesgo que conllebaba un descuido”. Me invitó a depositar el paraguas en lugar adecuado para recogerlo a la salida. ¡Me dió una lección que jamás he olvidado!
El Museo del Prado transmite a quienes se incorporan a él y sus actividades esa personalidad que sólo tienen los museos más antiguos de Europa.
Es difícil de explicar esta experiencia que se mantiene casi como un mecanismo genético y, al igual que el lenguaje, se transmite sin la voluntad expresa de quienes lo hacen.
Esta es una de las muchas experiencias inenarrables que se pueden trazar por parte de los que viven un gran museo desde dentro, como el Museo del Prado de Madrid.
JUAN JULIO DE ABAJO
(Escritor y Cineasta)
HISTORIADOR CINEMATOGRÁFICO.
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