“MI TEATRO Y SUS CUITAS”, by JUAN JULIO DE ABAJO
Miércoles, Abril 28th, 2010(Soy consciente de lo inconsciente que soy cuando me empeño en algo que deseo con todas mis fuerzas. Soy de los que comulgan con la opinión de que, si no pones un pie delante de otro, dificilmente, muy dudosamente - de no ser que sea en sueños - puedes llegar a París y cantar - como cuando era joven y amante de las pasteladas - esa canción de “Françoise Hardy” que decía: “Tous les garçons et les filles…” ¿La recuerdan? Pues esa, sí…)
Siempre he sido - a estas alturas ya lo saben - un hombre de Cine. Y después - más obvio todavía: de esto como - lo justo - y bebo - poco -, la literatura en cualquiera de sus géneros o manifestaciones. (Debo ser de los pocos que están a favor de Ken Follett por la envidiable suerte de ser el autor más vendido del mundo y cuyos derechos para el Cine oscilan entre los quinientos mil dólares y el millón). Dos pasiones para un amor: llegar a los espectadores o lectores. Lo que se ignora de mí - o muy poco se sabe - es que, llevado por circunstancias especiales - que no voy a desgajar ahora porque sería larguísimo y aburridísimo - pergeñé dos obras de teatro - “UNA VIDA SE ESTRENA” y “EL CUCLILLO CANTÓ A LAS SEIS” - que yo mismo intenté financiar. El teatro es un mundo mimético, frecuentado por gentes de edad, caro en ocasiones, de parca duración comercial y fácilmente olvidable. Solía decir Antonio Resines: “El teatro da poco dinero y poca fama.” Cierto. Pero sí que dá - y sobre esto no admito discusión; está demostrado hasta la saciedad -, es “prestigio”.
“UNA VIDA SE ESTRENA” la escribí a raíz de mi amistad con Santiago Moncada, que me lanzó un incruento desafío. La leyó una vez terminada y, con su proverbial parquedad entusiástica, me dijo: “Es muy larga”. Cierto era. Y la acorté. Fuí a ver a uno de los empresarios-promotores más importantes que yo conocía - Enrique Cornejo - y me ofertó un presupuesto que me pareció excesivo. ¡Casi el de una película! ¡Impensable! Había que horadar por otros lugares… Ya que le conocía desde años atrás, visité a Pedro Osinaga (la muerte de su hijo estaba muy reciente y, pese a su tristeza y dolor, me recibió) y su opinión - noté extrañeza en su cara; siempre me ha parecido un hombre fiable - fue la de que: “¿De dónde se sacan que te puede costar tanto?”. Yo tenía previsto a Jesús Puente - me parecía el intérprete ideal para el personaje central, pero - ¿es que el destino estaba empeñado en que no estrenara teatro? -, desgraciadamente, no llegó: murió un mes después. Desanimado - ¿ quién no? - dejé esta función para más adelante…
Otra cosa sucedió - siempre suceden cosas al emprender uno lo que le ilusiona y pocas veces agradables - con “EL CUCLILLO CANTÓ A LAS SEIS”, una función con tan sólo dos intérpretes, un hombre y una mujer. Acaeció - ya que he empezado lo digo - que, la amable señora que me iba a financiar la obra -, ella creía, con buen criterio, que había escrito un alegato en favor de la eutanasia -, se largó un buen día a grandes zancadas y no volví a verla. Barrunté hace tiempo - y sigo opinándolo todavía - que Rosa Valenty no desmerecería en el personaje femenino, y en el masculino, sobre quien no me he decantado todavía, un tipo de mis características: bien trajeado, sesentón, clásico, duro y tierno a la vez, con un ápice de bienquista solera…
Dos obras de teatro muy trabajadas, muy pulidas, con diálogos brillantes y situaciones jocosas e inquietantes - jocosa la primera; inquietante la segunda -, y con eso que llaman “carpintería teatral”. Los diálogos - y esto no me lo discute ni Daniel Taradash - son mi especialidad; pues, al igual que para el Cine se requiere un diálogo muy específico, “como telegramas bien escritos” - yo lo he logrado con los años y la paciencia del paciente que modifica y modifica cada día - en el teatro, y con divina santidad y algunos trucos de mi cosecha - cada uno tiene su estilo para matar moscas -, he llegado a conseguir que su “sonoridad” sea creíble, sutil, fluída… Creo - y no soy persona que dé por bueno cualquier trabajo; por el contrario, casi nunca estoy satisfecho con ninguno - que mis dos piezas teatrales son magníficas. ¿Las pondré en el escenario o quedarán en el cajón de mi escritorio? No lo sé. Esta cuestión me la plantearé con mente despejada y corazón abierto cualquier noche en San Gines, degustando un chocolate con churros. Amén.
JUAN JULIO DE ABAJO
(Escritor y Cineasta)
Diplomado en Derecho por la “UNED”.
HISTORIADOR CINEMATOGRÁFICO.