“LA VIEJA MEMORIA ESCOLAR”, by JUAN JULIO DE ABAJO
Miércoles, Marzo 17th, 2010(Desde esta atalaya de cuatro paredes, techo y ladrillos, veo la lontananza hermosa de mi vida ya pasada).
(A vosotros, compañeros de mi alma juvenil).
Hoy me ha dado por rebuscar entre las vetustas carpetas debidamente guardadas y protegidas, y hasta mis manos han llegado las antiguas “memorias escolares” de mis juveniles años en el Colegio de La Inmaculada de los Hermanos Maristas. ¡Qué latigazo he sentido! He dejado lo que estaba haciendo y, sentándome en cualquier sitio, he revivido, hoja por hoja y foto por foto, a los que fueran mis amigos, mis “coleguillas” de entonces, mis camaradas de notables y suspensos, mis acólitos y enemigos, mis compañeros de estudios durante tantos y tantos años… Y he sentido, ¿cómo no?, una emoción que no puedo describir con palabras ni trasplantar al papel…
Fueron años de aprendizaje, de lecciones bien asimiladas, de compañerismo altruista y de descubrimientos que marcarían ya para siempre mi personalidad y hasta mi destino.
He cerrado los ojos al ver que algunos ya no están aquí. Muchachos extraordinarios y llenos de vigor y coraje que emprendieron el postrero viaje hacia lo ignoto. Y en mi ceguera, sin poder ni atreverme a abrir los ojos ante la realidad, unas lágrimas han brincado y se han dejado deslizar por mis mejillas, al tiempo que musitaba palabras entrecortadas por el dolor.
Allí estaban todos: Pedro, Jesús, Jorge, Mario, Antonio, Alfonso, Alfredo… Todos.
Y, como si la mente te quisiera otorgar un recuerdo especial, uno en concreto, uno significativo, mis ojos se posaron durante un largo rato en Pedro. Sí. Pedro Gil. El más inteligente de todos nosotros. Tan conspicuo para las letras como para las ciencias. Y todo bonda, todo afecto…
Solíamos jugar, en el recreo, a las batallas. Un juego que me gustaba de modo especial porque me daba pie a demostrar lo fuerte y valiente que yo era. Pedro Gil, más bajo y delgado que yo, se subía a mis hombros, y así, llevándole a caballo, nos enfrentábamos contra otros rivales que hacían lo propio. Yo, desde abajo, le ayudaba a Pedro con todas mis fuerzas empujando al aversario para que perdiera la estabilidad y cayera al suelo. A veces, mis empujones eran tan bestias que acababa con los dos: con el de arriba y con el que lo sostenía abajo.
Un día, perdimos. Yo estaba como un basilisco: mi cólera se podía leer en mi mirada. Pedro vino hacia mí y me pidió perdón. Yo, sin más razón que el cerrilismo, le propiné un puñetazo en el estómago. Pedro, el chico, se dobló sobre sí mismo y noté que un dolor intenso le había causado. Para mí, fue como cuando un jarro de agua fría te cae sobre la cabeza. Me quedé cortado, desinflado, sin reacción… Le eché el brazo por el hombro y le llevé hasta donde solíamos sentarnos. Ahora sé que mi palidez debía ser mucha. Y mi arrepentimiento, aún mayor. Quise aliviar su dolor con palabras de perdón que, en el momento de escribir ahora, todavía yo no me he perdonado a mí mismo: yo soy la antítesis de la maldad.
Creo que le dije, más o menos:
Pedro, Pedrito, perdóname, amigo… ¿Te duele mucho? ¿Cómo puedo…? ¿Quieres mis fotos de artistas de cine? Pedro, Pedrito, ¿me perdonas?
Y yo, sin poderlo remediar, rompí en llanto. El mal que le había causado a mi mejor amigo era irreparable bajo mis ojos de niño asustado. Pedro, poco a poco, fue componiendo la figura; el dolor se iba disipando y ya no se doblaba sobre sí; volvía a ser Pedro, el más inteligente, el más aventajado, el mejor entre los mejores…
Creo que le juré algo… Sí: le juré que, pasaran los años que pasasen, siempre sería mi amigo y yo el suyo, si todavía quería mi aprecio. ¡Naturalmente que fue así!
Ese mismo año, en época de exámenes, yo estaba en blanco; es decir, que, como no había pegado palo al agua, ni pajolera idea a la hora de contestar por escrito a las preguntas. Pero Pedro, Pedrito, Pedro Gil, hizo su examen, siendo del grupo A, y también, bajo cuerda, hizo el mío, que era del grupo B. ¡Y encima acabó el primero! Naturalmente, ¡sobresaliente para los dos!
Pasaron los años y tomamos caminos muy diferentes. Él, Pedro Gil, estudió Ingeniero de Caminos, y yo me adentré en el mundo del cine y de la literatura, siempre tan inciertos cuando no vituperados.
¿Dónde estarás ahora, Pedrito? No lo sé… No tengo ni idea. Serás, de seguro, un hombre importante y bueno. Pero estés donde estés, Pedro Gil, Pedrito, ten por seguro que yo, que te prometí amistad eterna, la tienes y la tendrás siempre, por muchos años que Dios me dé vida.
JUAN JULIO DE ABAJO DE PABLOS.