“MAYTE COMMODORE, CASA LUCIO Y CUESTA DE MOYANO”, by JUAN JULIO DE ABAJO
Miércoles, Abril 14th, 2010(Soledad Miranda, que era demasiado joven cuando se mató con su coche, gustaba de ir - según comentó un día -, a “Mayte Commodore” y a “Casa Lucio” porque allí iba lo más granado de la profesión. Yo, nulo sibarita a la hora de comer, confieso que, cuando me lo pude permitir, también cené algunas noches en estos restaurantes…).
En los años setenta, “Mayte Commodore” era el restaurante más “chic” de Madrid. Ministros, ejecutivos, artistas, políticos sin discriminación de colores, pijos y otras parentelas de etiologías semenjantes, reservaban mesa allí y hartamente frecuente era que se dieran cita los mismos de siempre y otros que, para celebrar cosa importante, se dejaban caer por allí como en un festejo único y para recordar toda la vida. La propia Mayte solía ir de mesa en mesa y, en honor a la verdad, era una óptima profesional, amén de una mujer seria; para mí - bajo mi punto de vista -, muy seria…
“Mayte Commodore” era un restaurante caro; yo cené allí en tres ocasiones y recuerdo que me costó un riñón y medio… Muchos negocios se cerraron en “Mayte Commodore” y muchos negocios se emprendieron allí. Si habías tenido un éxito, lo celebrabas en “Mayte Commodore”; si un fracaso, y para que el orgullo quedara salvaguardado, también lo llorabas allí; no en el salón, claro, pero sí en los servicios…
No recuerdo a ciencia cierta con quién fuí la tercera vez, pero sí las dos primeras: con una elegante señora que, al decir de muchos, era mi esposa. Ella, tan sencilla como poco dada a las ostentaciones, creo que me repitió hasta la saciedad que allí no volvía, y que, además, no tenían lamprea. Chorradas aparte, en “Mayte Commodore” se podía degustar lo mejor de lo mejor. Lo mejor de lo mejor de por aquellos años; luego, ya fue harina de otro costado… Síntoma de que los tiempos cambiaron.
Un día, la dueña de “Mayte Commodore” murió. Siempre se contaron muchas historias sobre ella y su vida, que yo aquí, naturalmente, no voy a referir. Primero, porque es cosa que me importa mínimamente; y segundo, porque la discreción y el buen proceder me acompañan siempre. O casi siempre.
La “Cuesta de Moyano” es reconocible por todos los madrileños y los que somos amantes de los libros. Allí, se compran y venden libros viejos o simplemente ya leídos y, darse una vuelta cuando el tiempo acompaña o se dispone de unas horas, es un ejercicio extraordinario para indagar sobre “ese” título que ya está descatalogado y no lo encuentras ni en Internet. Yo he comprado libros en la “Cuesta de Moyano” desde que empecé a ganarme la vida con el opio de las imágenes o el magnetismo de la lectura. Y los conservo. No sé para quién, pero los conservo. Algunos de ellos son rarezas de difícil hallar.
En la “Cuesta de Moyano” - la estoy llamando así para que nos entendamos - no hay eso que se podría decir buena relación entre los libreros de “viejo”; no se llevan bien entre ellos y hasta se ponen a parir a poco que les dejes “largar” lengua. Y es curioso: esas casetas vienen pasando de generación en generación y rarísimo es que, si una queda libre, o dos tal vez, no sean adjudicadas a los descendientes…
Me viene a la memoria la mala leche de la que hace gala uno de los que allí tienen su negocio, y el odio merecido que le profesan los demás. Pero este comentario, en verdad, tiene poca “chicha”, por no decir que es baladí.
“Casa Lucio” me lo descubrió un secretario de Monseñor Tarancón que, una vez que se hizo rico, tiró la sotana a la basura y se lió con otras basuras a las que yo llamo “pudendas”. Epicúreo hasta el corvejón, gustaba de todos los placeres terrenales; gustaba - y lo demostraba - de que dinero tenía y de que su generosidad era ilimitada. A mis ojos, era un nuevo rico; para las golfas de lujo, esas que le llamaban a las doce de la noche, un mirlo blanco.
Como les decía, este “amigo” me invitó a cenar muchas noches en “Casa Lucio”. Lo hacía porque me apreciaba y había una buena comunicación entre nosotros, y también porque yo le demostré siempre - y siempre fue siempre, mediara quien mediase -, que yo, de interesado o gorrón, nada de nada. Tuvo muchas novias y se casó con la mía. Espero que les vaya bien.
“Casa Lucio” también era - y es - un restaurante de encuentros famosos. A las actrices de cine - a las más idiotas y de dudoso talento - les chiflaba que las vieran allí, con Fulanito, Menganito o Zutanito. Yo, ante estas cosas, siempre me he descojonado de risa; la idiotez empalagosa y necia me invita a la carcajada y a la chanza; no lo puedo evitar.
Hace mucho tiempo que no voy por estos lugares, excepción hecha de la “Cuesta de Moyano”. Hoy, hay restaurantes en Madrid con mucho menos boato y tontería en donde se come y se bebe como un señor. Yo mismo, incluso, he escrito sobre alguno de ellos, y creo que mis comentarios están por ahí, por la red… Por cierto, que todavía estoy a la espera de que, por lo menos, me den las gracias. Pero no importa: yo ya estoy de vuelta de todo. Bueno, no: de “casi” todo.
JUAN JULIO DE ABAJO DE PABLOS
(Escritor,Editor,Periodista,Cineasta,Guionista,Articulista,Conferenciante,Actor,Director,Dramaturgo…)
Diplomado en Derecho por la “UNED”.
HISTORIADOR CINEMATOGRÁFICO.