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“EL NIÑO DE LOS OJOS VERDES”, un cuento de mi libro “NIÑOS DIFERENTES”, por JUAN JULIO DE ABAJO

Domingo, Febrero 7th, 2010

(A la preciosa BEATRIZ WEBE, que llegará a ser una buena actriz).

El día que Arturo Blanco nació, sus padres, como era de esperar, sintieron una gran alegría. Arturo era un hermoso niño de cabello rojo y ojos verdes. Era cariñoso y todos le adoraban. Pero, a los cuatro años de edad, aparecieron en él ciertas características extrañas en su comportamiento. Entre otras rarezas, se negaba a jugar con los demás niños e, incluso, a relacionarse con ellos. Tampoco le atraían los juguetes ni los juegos. Extrañamente, prefería sentarse solo, horas y horas, estudiando el firmamento o una piedra, o la palma de su mano, como en un misterio incognoscible. Era inteligente, de refinados modales, bien educado y gozaba de una envidiable salud. Pese a todo esto, y teniendo en cuenta su comportamiento, sus padres estaban preocupados por él. Ni siquiera el médico de la familia, galeno de gran experiencia, pudo ofrecerles una explicación satisfactoria. Aconsejó, no obstante, una espera razonable y mucha observación…

-Puede que tenga los ojos verdes como yo, pero no es como nosotros - le dijo Marina, la madre de Arturo a su esposo, una tarde, después de una larga discusión.

-Quizá nos trajimos a casa del hospital un niño que no era el nuestro - dijo riendo Carlos, el padre del niño.

-Cosas más raras han sucedido… - replicó Marina.

Un mes antes de que Arturo comenzara a ir a la escuela, Marina lo dejó con la vecina de la casa contigua y se desplazó hasta el centro de la ciudad. Había hecho ya la mitad de sus compras cuando, sorprendida y alarmada, vio a Arturo corriendo por la acera. Decidió lanzarse en su persecución, pero se le escapó. Regresó rauda a casa y habló de lo sucedido con su vecina; ésta, con firmeza, negó que Arturo hubiera salido de su casa.

Una tarde, Marina estaba sola en casa durmiendo la siesta, cuando, súbitamente, ruido de voces en alguna parte de la casa, la despertaron. ERAN VOCES DE NIÑOS. Descubrió que procedían del sótano. Algo pálida, se acercó hasta las escaleras del sótano y accionó el interruptor de la luz; pero, insólitamente, la bombilla estaba fundida.

-Arturo - llamó -, ¿estás ahí abajo?

-Sí, mamá - respondió Arturo.

-¿Hay alguien contigo? - preguntó con voz pastosa.

Silencio; no obtuvo respuesta alguna.

Marina comenzó a descender lentamente las escaleras…

-Arturo, hijo, ¿dónde estás? No puedo verte…

-Estoy aquí, mamá.

A tientas, los dedos de Marina asieron la cuerda de la luz y tiró de ella. Asombrada, con los ojos muy abiertos, trémula y pálida, Marina vio un centenar o más de niños, todos idénticos a su pequeño hijo Arturo. La rodearon…

-Arturo… dijo torpemente y con voz queda, apagada, mortecina…

-SÃ, MAMÃ - le respondieron en coro. Y avanzaron, con sus preciosos ojos verdes resplandecientes, con un odio indescriptible y con las manos extendidas…

(De mi libro “NIÑOS DIFERENTES“, cuento 18).

COPYRIGHT DESIGNS AND PATENTS ACT, 2010, JUAN JULIO DE ABAJO DE PABLOS.    

(Prohibida su reproducción total o parcial sin previa consulta con “CEDRO”).

JUAN JULIO DE ABAJO

(Escritor y Cineasta)

Diplomado en Derecho por la “UNED”.

HISTORIADOR CINEMATOGRÃFICO.

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“EL HOMBRE Y EL CAMINO”, por JUAN JULIO DE ABAJO

Domingo, Abril 26th, 2009

(A JESÚS, QUE TENÃA EL NOMBRE DEL QUE SUFRIÓ, Y A ROSA, QUE TENÃA EL NOMBRE DE LA MÃS HERMOSA FLOR)

El hombre venía por el camino. Parecía cansado. Jadeaba. Se detuvo. Miró a su entorno. El silencio reinaba en el lugar. Ni una casa. Ningún ser humano. Ningún vehículo. Ni pájaros ni zumbido de viento. Aridez. Sólo eso: agostacismo. Pensó el hombre: “¿Dónde estoy?” Lo pensó para sus adentros. No hallaba explicación. Virtualmente, estaba perdido. No tenía miedo; lo había dejado por otros caminos. Pero se inquietó: “Toda esta soledad…” Quiso probar con un grito. “¿No estás, compañera?” De muy lejano le llegó una réplica: “No preguntes. Sigue caminando. Ya estás cerca.” El hombre estaba exhausto. Pero comprendió. Lo sabía desde hacía años. No podía ser de otro modo. “Sí. Ya voy. No te haré esperar. Eres lo único que tengo.” Puso un paso delante de otro y siguió camino adelante. Entonces oyó: “Ten Fé. Al final del camino, está el reposo. El descanso. La recompensa. Te lo aseguro.” Y con tez pálida y carátula deslucida por lo mórbido, el hombre respondió: “Lo sé. Lo sé. Tanto tiempo he esperado que, saber que ya estoy cerca, me fortalece. Allá voy, dama de negro… Allá voy… ¡Cuánto te quiero, muerte hermosa!…

JUAN JULIO DE ABAJO DE PABLOS

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